• Adriano Malchiodi

Consecuencias de una mala masticación

Hay un dicho que dice “somos lo que comemos” y no hay nada más cierto. El sistema digestivo cumple una función primordial para todo el organismo, pues gracias a él, entran y son debidamente procesados por nuestro cuerpo, los nutrientes necesarios para poder desarrollarnos y mantenernos vivos. Por todos es sabido que la digestión comienza en la boca, en donde los dientes trituran los alimentos y junto con la lengua y la saliva comienza su proceso de sintetización, procesamiento y absorción. Los demás órganos son: faringe y esófago, estómago, hígado, páncreas, intestino grueso e intestino delgado. Todos ellos unidos y ayudándose entre sí con una función fisiológica y química bastante compleja. El organismo es capaz de distinguir, procesar y absorber grasas, almidón, proteínas, aminoácidos, glucosa, vitaminas y minerales hasta eliminar el desecho de la digestión. Pero no sólo tiene implicaciones meramente físicas y orgánicas, sino que todo el proceso de digestión es capaz de producir una sensación de bienestar y satisfacción o de todo lo contrario. Estudios realizados han demostrado que la masticación tiene efectos positivos en nuestro cerebro. De hecho, este fenómeno aumenta la velocidad de procesamiento cognitivo y nuestro estado de alerta. Además, también incrementa la capacidad de atención, disminuye el tiempo de reacción, y estimula una serie de eventos potencialmente relacionados con las señales moleculares dependientes del oxígeno sanguíneo en el cerebro. Ahora, ¿qué pasa cuando perdemos algunos dientes, tenemos una mala masticación y debemos comer?, pues que comienza a haber una asimetría en la masticación, con su consecuente afección muscular, además de que los alimentos no pueden ser bien triturados, ni mezclados y por consiguiente, todos los demás órganos deben hacer un esfuerzo mucho mayor para poder completar la digestión, lo que degenerará en una cantidad de síntomas de lo que llamaríamos una indigestión o mala digestión: Ardor, acidez, eructos, distensión estomacal, flatulencias, presión abdominal, náuseas, vómitos, atragantamientos. Además, estos síntomas podrían convertirse en crónicos y llevar a enfermedades como: gastritis, úlcera estomacal, colon irritable, reflujos y por ende faringitis o esofagitis, pancreatitis, obesidad, ansiedad, fibrosis quística, falta de vitaminas fundamentales para el organismo, asma, alergias, deterioro del sistema inmunológico que nos defiende de virus e infecciones, desnutrición, problemas articulares, anemia, trastornos neuronales y musculares (a nivel de cara, articulación temporomandibular, cuello y espalda), dolores de cabeza… Se han realizado muchos estudios con animales en laboratorio sobre el impacto de la masticación sobre nuestro organismo, y han podido demostrar que la pérdida de dientes, y su consiguiente desequilibrio mandibular, genera (a largo plazo) una disminución en el número de neuronas de determinadas partes del cerebro relacionadas con el aprendizaje y la memoria. De ahí que se podría inferir incluso, una relación entre la función masticatoria y distintos tipos de demencia. Además, también se ha conseguido probar que la pérdida de dientes incrementa una serie de células del sistema nervioso en la zona del hipocampo: los astrocitos. Algo semejante a lo que sucede en los procesos de degeneración neuronal, creando transformaciones en la actividad cerebral y a largo plazo en el sistema nervioso central. Estos ejemplos, y muchos otros, nos hacen ser conscientes de que el mantenimiento de la funcionalidad de nuestra boca va mucho más allá de un pequeño problema a la hora de masticar, de una buena digestión y de una sonrisa bonita. Masticar correctamente trae consigo un menor deterioro cognitivo. Algo que, a nuestro juicio, es enormemente impactante. De hecho, los estudios han informado de que la pérdida de dientes y la consecuente masticación deficiente antes de los 35 años de edad es considerado un factor de riesgo significativo para padecer demencia o Alzheimer. Así como probabilidades de desarrollar el síndrome metabólico siendo más propensos a padecer una enfermedad cardiovascular o diabetes. Cuando una persona va al odontólogo y éste le habla sobre la posibilidad de ponerse un implante o una prótesis fija, el paciente simplemente piensa en la recuperación de una pieza dental que ha sido dañada y no puede ser recuperada. Pero obviamente la situación no sólo soluciona algo tan simple… permite que todo nuestro organismo (incluyendo el cerebro) recupere su equilibrio a través de una buena alimentación y una buena masticación, que le permitamos realizar mejor todas sus funciones, por ende nos mantenga más saludables y con mayores probabilidades de envejecer de forma más lenta y en mejores condiciones y disfrutar de la vida por un mayor tiempo con nuestros seres queridos.


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